El desplome del turismo pasa factura al taxi: “Seis horas para una carrera”

La parrilla del aeropuerto de El Prat muestra la depresión que sufre el sector del taxi

BARCELONA. LA VANGUARDIA. JOSE POLO.- Unos 300 taxis se concentran en la parrilla de espera del aeropuerto de El Prat, cerca de las terminales. Son la mitad que otros años por estas fechas. Este punto, que sirve para que los chóferes aguarden la llegada de pasajeros que requieren desplazarse cuando aterrizan en el aeródromo, es uno de los termómetros del sector en Barcelona.

En este estío pandémico el mercurio marca temperaturas muy altas, una fiebre que quizás algunos no puedan superar. “Hay mucho bajón. Para hacer una sola carrera debemos esperar entre cinco y seis horas, lo que reduce nuestro margen de beneficio sobre un 80%. Otros veranos aguardábamos alrededor de una o dos horas como mucho”, cuenta Elbert, taxista desde el 2005. El impacto de la coronacrisis es tremendo: hay un 60% menos de vuelos y transportan mucho menos pasaje.

Las caras de resignación y tristeza son evidentes. Viven en una situación límite desde hace meses. “Las horas de espera hacen aparecer la depresión, el estrés, el sobrecogimiento que genera el fracaso, el ver que no se llega a final de mes”, reconoce Elbert. “Ves que las facturas te vienen igual, pero que tu no generas ingresos”, resume Javier, a bordo de un taxi desde el 1992 y que transportó a algún atleta de los Juegos Olímpicos mientras mueve su alfil. Eran otros tiempos. Ahora en la parrilla de El Prat los taxistas pasan las horas evadiéndose como pueden. Partidas de ajedrez, dominó, paseos, charlas, algunos aprovechan para limpiar el vehículo…

“Las horas de espera hacen aparecer la depresión, el estrés, el sobrecogimiento que genera el fracaso, el ver que no llegas a final de mes” 

“Con esta espera nos da tiempo a hacer una carrera, pero no de taxi, sino universitaria”, dice irónico Ángel mientras toca la guitarra. Él, a bordo de un coche de colores de avispa desde el 2007, asegura que prefiere trabajar en El Prat porque “como mínimo se está más relajado. En Barcelona te puedes estar dando vueltas cuatro horas para hacer un servicio y encima puede ser muy corto, a veces te ganas 6 euros. Aquí la carrera media es de 30”.

En otras clásicas paradas de la capital catalana esperan dos horas. “Trabajamos para gastos. La gente se cree que nos ganamos la vida muy bien pero luego con los pagos como la gasolina, el seguro o la cuota de autónomos entre muchos otros todo se reduce”, cuenta Felipe mientras observa el movimiento de un peón. Ángel calcula que factura el 20% de lo habitua l. Los números no cuadran. La pandemia les pone en jaque.

Ajedrez, dominó, cartas, charlas… los taxistas esperan en la parrilla intentando evadirse (Mané Espinosa)

Buscan soluciones. Javier comenta que a primera hora se ha plantado en el banco para estudiar a fondo si pedir un crédito ICO. “Pero luego hay que devolverlo y si esto no se arregla, muchos cerraremos”, lamenta Felipe. Ángel ya ha recurrido a estos fondos estatales y durante el estado de alarma obtuvo una prestación al sumar menos del 75% de su facturación habitual. Afea que al tributar por módulos es muy complejo acogerse a nuevos programas.

“La situación del taxi en Barcelona es caótica. No tenemos ningún tipo de ayuda y la pedimos urgentemente. Estamos desamparados por las administraciones”, retoma Albert. “Parece que les damos igual. No somos autónomos, somos autotontos”, agrega Javier. El enfado con los gobernantes abunda.

Ninguno de ellos recuerda ver el aeropuerto y el sector del taxi tan mal como ahora. “Esta situación es inédita. La crisis del 2008 fue dura, pero nada que ver”, recuerda Ángel. Antes la mayoría de los clientes que recogían en El Prat eran turistas, ahora el usuario local copa sus servicios. “A veces se te aparece la virgen y te dicen que les lleves a Sant Cugat”, cuenta Javier. A él lo que más le angustia es que “pasan los días y esto no cambia”. “Sin turistas, encima nos cierran el ocio nocturno. ¿A quién llevamos?”, se pregunta desesperado.

Las medidas de restricción para frenar la Covid-19 les ha quitado hasta el bar de la parrilla y a veces se agotan las existencias en la máquina de café. No cuesta encontrar las clásicas neveras de playa. El calor hace mella, y más tantas horas bajo la canícula. Algunos reparten fruta, otros apuran el táper bajo la incertidumbre de poder perder su puesto de trabajo.

Trescientos taxis aguardan en la parrilla pese a la falta de vuelos y los pocos pasajeros que transportan (Mané Espinosa)

Los taxistas urgen el recorte de vehículos

Septiembre arrancó con toda la flota de taxis de Barcelona y su área metropolitana –unos 10.000 vehículos– laborando. La actual norma permite trabajar al 80% mientras el 20% tiene un día de descanso. Son muchos para la demanda existente por la Covid-19. Los taxistas llevan meses reclamando una regulación para moderar el porcentaje y así tener trabajo cuando salen a faenar.

El mes pasado se autolimitaron, pero no podían continuar sin una directriz oficial. Esta semana el Institut Metropolità del Taxi (IMET) abrió la puerta al recorte oficial de vehículos, pero alertó de que la esperada regulación no llegaría hasta el 2021.

“El problema lo tenemos ahora”, expone Javier, taxista, desde el aeropuerto de El Prat. Sus compañeros alertan de que no pueden esperar tanto. Temen irse a la ruina. Durante la espera el ente hará una recomendación para que solo salga el 60%. “El IMET está haciendo dejación de sus funciones”, opina Ángel, otro taxista en la parrilla del aeródromo.

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