César Rendueles: «La innovación de Airbnb o Uber no es tecnológica, es política»

El investigador del CSIC advierte sobre el poder político de las plataformas en su nuevo libro ‘Redes vacías’

El filósofo y sociólogo César Rendueles ha construido una obra reconocible por su mirada crítica sobre el capitalismo, la desigualdad, la cultura digital y las formas contemporáneas de convivencia. Libros como ‘Sociofobia’ o ‘Contra la igualdad de oportunidades’ han cuestionado esa idea, tan extendida, de que la tecnología o el mérito bastan por sí solos para resolver problemas que son, en el fondo, profundamente políticos.

En su último libro, “Redes vacías: Tecnología catastrófica y el fin de la democracia”, el investigador del CSIC desgrana cómo internet y las plataformas digitales durante años se vieron como unos lugares de libertad, participación y democratización, con una cierta visión ciberfetichista que, con el paso del tiempo, han desembocado en una visión mucho más pesimista con una clara privatización de los espacios comunes digitales.

– Se nos vendió internet como una promesa de emancipación, ¿crees que era real o si esa promesa tenía algún tipo de sentido?

Se nos vendió internet como una especie de solución independiente a casi todo. Durante muchos años parecía que la solución principal pasaba por algún desarrollo de las tecnologías digitales. Eso siempre fue una completa ilusión. En realidad, era una especie de huida hacia adelante, para no afrontar lo complicado que era resolver esos problemas, depositábamos nuestras esperanzas en algún tipo de desarrollo tecnológico que funcionara como una especie de bálsamo milagroso. Eso siempre fue falso, y curiosamente al aceptar esas promesas, también nos privamos de pensar que sí nos podía ayudar la tecnología a mejorar. Y también hicimos algo, muy tonto, que es pensar la tecnología digital como independiente de otras tecnologías, cuando realmente lo que ocurre es que hay una continuidad entre muy diferentes tecnologías.

– Ahora parece que todo lleva IA. En el libro planteas que hemos sido víctimas de un experimento social a gran escala. ¿Somos como autómatas en manos de la tecnología?

El gran experimento social, en realidad, no tiene que ver con ningún desarrollo tecnológico, sino con la pérdida de soberanía, con la pérdida de capacidad de decisión. Y eso no reside en un chip o en algún código, sino que tiene que ver con decisiones políticas que han entregado a multibillonarios estadounidenses, sobre todo, un enorme poder sobre nuestras vidas y se lo ha quitado nuestros parlamentos. Ese es el experimento social y esa es la tecnología social por antonomasia.

– ¿Va a tener algún impacto directo la IA en el trabajo?

Es evidente que hay ámbitos profesionales donde va a tener un impacto muy grande, pero en otros muchos no está nada claro que eso vaya a ser así. Su primer impacto y más inmediato, creo que constituye una amenaza y, por tanto, una herramienta para subordinar a la gente. Le pongo un ejemplo. La amenaza de que tu trabajo pueda ser sustituido por IA, sea o no sea real, lo que hace es que tú estés dispuesto a aceptar unas condiciones laborales peores. Sea o no sea real, y eso es lo que está pasando, ese es el primer efecto de la IA. Una especie de domesticación de la fuerza de trabajo. El efecto fundamental de la IA, a día de hoy, es estético, en el sentido de que fomenta un tipo de sentimientos, afectos, de pasividad, negativos, de sometimiento, de subordinación, y eso retroalimenta ese gran experimento social que es el gran poder sobre nuestras vidas que hemos otorgado a esos millonarios.

– En el libro señalas que muchas de estas empresas tecnológicas «no han hecho ninguna innovación tecnológica o logística», sino que son plataformas relativamente sencillas que se aprovechan de procesos cotidianos de autoorganización social.

Hay un montón de plataformas que generan unos enormes beneficios a sus dueños, pero que en realidad tecnológicamente son muy sencillas. O sea, piensa en Airbnb, en Uber o en Glovo. Realmente son sistemas de mensajería súper sencillos, que los puede diseñar prácticamente cualquiera, y su innovación es mucho más política y social y tiene que ver más con la pérdida de soberanía que con ningún código de programación. La gran transformación que induce Airbnb tiene que ver con ordenanzas municipales que autorizan esa actividad. Esa es la innovación de Airbnb. Pero todo lo demás lo hacemos nosotros. Lo que siempre hemos hecho, buscar una casa para pasar unas vacaciones o para vivir o para desplazarnos por la ciudad. Esas actividades cotidianas son de las que extraen sus valores esas empresas, pero realmente en términos tecnológicos su innovación es mínima.

– ¿Tenemos mucha mayor dependencia de las empresas tecnológicas privadas que de los estados?

Sí. Yo creo que es importante no magnificar las cosas porque, sobre todo por un motivo, los estados han sido agentes muy importantes. Están siendo agentes muy importantes en que las empresas consigan esos beneficios. No son extraterrestres que han venido de otro planeta y nos han subyugado, han contado con la colaboración de élites políticas para hacer esos desarrollos. Uber es posible porque hay ayuntamientos que lo aceptan y han dicho que es legal. Airbnb es posible porque hay ayuntamientos y comunidades autónomas que lo aceptan y dicen que es legal. No hay otro motivo, no es magia, no lo han impuesto a través de un ejército.

– ¿Veremos en el futuro formas de Estado privado o ciudades privadas, como el modelo que quiere impulsar Peter Thiel en Honduras o en Argentina?

Estamos viviendo como una especie de caricatura de aceleración de procesos que vienen de largo. Es decir, que al final Peter Thiel, Elon Musk, son una especie, sí, de versión caricaturesca. Multimillonarios politoxicómanos, absolutamente ridículos, autoparódicos. Realmente una enorme cantidad de actividades económicas y sociales, que antes eran públicas, han pasado a manos privadas en las últimas décadas. Entonces yo creo que es muy importante verlo, no como una especie de supervillanos que aparecen ahora con ideas completamente novedosas, sino al revés, como una fase carcirógena avanzada de un proceso que lleva 40 años sedimentándose.

– ¿Podríamos decir que las élites tradicionales se han cambiado por unas élites tecnoligarcas que son mucho más estridentes?

Lo que ha pasado es, efectivamente, que las élites económicas han perdido un poco esa especie de necesidad de legitimarse a través de una capa de respetabilidad. Eso es algo yo creo muy novedoso y que tiene que ver con esa sensación permanente de autoparodia. De que nada es en serio, en un momento precisamente de emergencia donde hay una enorme cantidad de crisis en marcha que amenazan nuestra existencia. Y es que cultivan esta cosa infantil completamente irónica de estar al margen de la realidad de todos los demás. Eso es algo extremadamente peligroso, yo creo.

– En el libro das algunas claves de por qué la transición tecnológica nunca se ha producido del todo en la educación. ¿Cómo se podría abordar?

Creo que lo que tenemos es que parar, echar cuentas de qué sirve en educación y para qué, pensar qué prácticas pedagógicas y qué tecnologías necesitamos para esas prácticas pedagógicas. Pensar que lo más nuevo no siempre es lo más avanzado. Habrá para las cuales la tiza es la tecnología más avanzada y otras para las que necesitemos megaordenadores cuánticos, no lo sé. Desde luego, creo que la nostalgia es posiblemente el peor aliado. Si hay algo peor que ese aluvión tecnológico, es la nostalgia.

 La alternativa para abordar la tecnología en algunas aulas ha sido ‘gamificar’ la educación, ¿esa alternativa es mejor?

Es que lo que se ha planteado muchísimas veces como introducción de tecnología en la educación eran cosas realmente monstruosas. Era un disparate cutre, mal hecho… donde la idea era poner en contacto a los jóvenes con la tecnología como si fueran abuelos de 80 años. Los jóvenes conocen la tecnología perfectamente, se han socializado en ella, no necesitan que les pongas en contacto. En todo caso, lo que sí necesitan es que les libremos del tipo de tecnología al que han tenido acceso, que es una basada en cajas negras, en plataformas completamente opacas y donde les cuesta mucho tener algún tipo de autonomía, es decir, romper lo que les ofrece directamente la plataforma o el programa que están usando y buscar algún tipo de alternativas, incluso muy básicas. Creo que de lo que se trataría es de convertir o crear en cada centro, un hack lab. Un sitio donde aprender a cacharrear todo tipo de objetos y no solo y necesariamente tablets, ordenadores o teléfonos móviles. También cajas negras son las aspiradoras o cualquier juguete que no podemos reparar.

– En el libro dices que “la biblioteca de Alejandría digital ya había ardido”. ¿Qué papel pueden jugar las universidades públicas u otras instituciones en la preservación de documentos?

Sí, una cosa que ha pasado es que la digitalización en principio ha dado acceso a muchos más documentos de todo tipo, de textos, vídeos, etc. A todo el mundo, pero esa es una posibilidad. Entonces es muy curioso como esa posibilidad potencial de acceso universal queda restringida al final por intereses. Y para mí es crucial porque tiene que ver, una vez más, con cómo construimos nuestra identidad cultural, nuestros itinerarios culturales, nuestros aprendizajes culturales, que ahora están en manos de Netflix, básicamente. Tu cultura audiovisual, tu cultura literaria, están completamente en manos privadas. Ese papel de mediación cultural tan crucial ha quedado en manos privadas, en manos de nadie en realidad, disuelto completamente.

– ¿Ahora mismo nos podemos imaginar unas redes sociales públicas o un internet libre, que tenga algún tipo de interés para el usuario?

En cierto sentido a mí me parece que eso es como un buen punto de partida. Es complicado, porque tengo esa sensación de no poder salir de ahí, de estar atrapados, pero es un buen punto de partida para imaginar cómo sería un espacio más cordial, menos desolado, donde podamos construir cosas juntos, al que podamos poner límites. Pero yo sí creo que es posible construir alternativas y que es deseable.

– Vivimos en sociedades ya algoritmizadas, individualizadas, desinstitucionalizadas y desmediatizadas. ¿Podemos salir de ahí o hay algún atisbo de esperanza?

Una cosa muy importante, es darnos cuenta de que técnicamente todas las posibilidades siguen intactas. Si mañana tuviéramos la voluntad política y la capacidad legal para hacerlo, podríamos transitar un paradigma tecnológico completamente diferente en poquísimo tiempo. Por eso creo que los grandes tecnoligarcas cultivan tanto esa sensación en nosotros de pasividad. De que son una especie de genios, antes benignos, ahora malignos, que tienen superpoderes científicos y tecnológicos, para que nos sintamos inermes, indefensos e incapaces de tomar la iniciativa, porque saben que su poder es muy frágil. Que en realidad bastaría muy poco para arrebatarles ese poder y que todo tiene que ver con que nos creamos.

– ¿Podemos ser optimistas respecto al futuro?

Creo que han ido tan lejos los tecnoligarcas en sus delirios, en su poder monopolista y en su manera de ejercerlo, que están creando una especie de efecto rebote. Entonces, en ese sentido, creo que de pronto hay un montón de gente a la que jamás le había preocupado la tecnología, que se siente como predispuesta a escuchar propuestas, a lo mejor que hace poco le parecían arriesgadas o innecesarias, como algo casi inevitable. Y eso creo que, si alguien quisiera y estuviera dispuesto a escuchar o aprovecharlo, sobre todo a nivel europeo, sería una ventana de oportunidad muy importante.

Fuente: Faro de Vigo

Fotografia Destacada: Pexels Nothing Ahead